Infantino eleva el listón y presenta el Mundial 2026 como “104 Super Bowls en un mes”
Gianni Infantino eligió Davos para vender una idea y, de paso, blindar un relato. El Mundial 2026 no será solo el primero con 48 selecciones y 104 partidos, dijo, sino una cita capaz de “unir al mundo” en un tiempo “dividido”. Para sostenerlo, apeló a la paz, a los números y a una escena cargada de simbolismo: el presidente de la FIFA junto al trofeo, el balón oficial y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Un escenario con trofeo, balón y un mensaje político
En su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, Infantino defendió que el fútbol es “el deporte más democrático” y presentó el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá como un proyecto pensado para unir. En esa misma línea, ligó el torneo a un mensaje de paz y respaldó a Donald Trump tras la presentación de un comité de paz para Gaza. “Todos tenemos que apoyar la paz”, afirmó, antes de subrayar que “América va a dar la bienvenida al mundo”.
Para reforzar el argumento, recurrió a una imagen de alto voltaje político. Recordó que, antes de concederse la organización conjunta, “Estados Unidos y México estaban construyendo muros” entre ambos países, y lo puso como ejemplo de la capacidad del fútbol para tender puentes y cambiar el clima de una época.
Qatar como precedente
El máximo mandatario del fútbol defendió que el Mundial debe funcionar como un punto de encuentro global y, para apuntalar ese argumento, se apoyó en el precedente de Qatar 2022. Admitió que aquel torneo llegó rodeado de críticas por la vulneración de derechos humanos en el país anfitrión, pero lo reivindicó como un campeonato “maravilloso” y “sin incidentes”, y destacó como dato simbólico que no hubo arrestos. De cara a 2026, prometió un ambiente similar y lo describió como “una gran celebración de la humanidad”.
La puesta en escena acompañó el mensaje. En Davos subió al escenario junto al trofeo y el balón oficial y, en un gesto pensado para subrayar el poder simbólico del fútbol, lanzó el balón hacia el público, reforzando esa idea de cercanía y espectáculo.
El Mundial convertido en cifra
El presidente de la FIFA también se refugió en los números, con especial énfasis en el termómetro que más pesa en la industria, la demanda. Aseguró que en las últimas semanas se han registrado 500 millones de peticiones de entradas y se mostró convencido de que se agotarán. Eso sí, reconoció que no serán baratas y apuntó que buena parte de las críticas han llegado desde Inglaterra y Alemania, dos de los países desde los que más solicitudes se han cursado.
Además, intentó desactivar una de las preocupaciones habituales cuando Estados Unidos organiza grandes eventos, los visados. Prometió que la tramitación será “rápida” porque será “una Copa del Mundo especial”, con una atención “increíble” en cada encuentro. Y cerró con una comparación de sello estadounidense: “104 partidos en un mes es como 104 Super Bowls en un mes”.
Trump, omniprsente
La frase que más ruido dejó llegó cuando habló del trofeo. Infantino aseguró que lo entregará al campeón “con el presidente de Estados Unidos” y recordó que es una pieza casi intocable, “solo pueden tocarla quienes la ganan o yo”. Para rematarlo con una anécdota en tono de historieta, explicó que de joven comprendió que sus condiciones no le permitirían levantarlo como futbolista y que por eso buscó “otra manera” de acercarse a ella, convertirse en presidente de la FIFA.
El mensaje, por lo que dice y por dónde lo dice, refuerza una sensación que lleva meses creciendo. La FIFA no solo prepara un torneo, sino que también se ha colocado muy cerca del poder político estadounidense y lo incorpora a la narrativa del Mundial de 2026.
El boicot europeo entra en la conversación
Mientras Infantino vende el Mundial como una herramienta para unir, en Europa empiezan a circular hipótesis que hace un año habrían sonado inverosímiles. El debate sobre un posible boicot a la Copa del Mundo de 2026 “ya no puede descartarse”, alimentado por la tensión política alrededor de Donald Trump y sus declaraciones sobre Groenlandia, y por la sensación de que la FIFA ha entrado de lleno en el terreno político.
Por ahora, la discusión está lejos de convertirse en una decisión formal, pero el clima existe. Algunas informaciones apuntan a que el Gobierno francés no ve hoy motivos para un boicot, aunque deja margen para revisar el escenario si cambian las condiciones. En Alemania, el Ejecutivo ha evitado fijar una postura y ha derivado cualquier planteamiento a las federaciones deportivas. Aun así, el debate ha subido de tono en las últimas horas con las declaraciones de Jürgen Hardt, diputado de la CDU y cercano al canciller, que aseguró a Bild que apartarse del Mundial solo se contemplaría como último recurso para presionar a Trump a rectificar en el asunto de Groenlandia.
El contraste dibuja con claridad lo que el mandatario del fútbol Suiza: presentar el Mundial como antídoto frente a un mundo fragmentado y apoyarse en el peso del anfitrión. El problema es que la política amenaza con colarse, precisamente, por el mismo costado por el que la FIFA intenta vender su gran fiesta.