El enésimo ‘renacer’ de Mourinho

José Mourinho llegaba contra las cuerdas, acorralado por los resultados y la insatisfacción de una afición que había perdido la paciencia. El Benfica se hundía con motivos: eliminado de la Copa de Portugal por el Oporto, fuera de la Copa de la Liga ante el Braga, y tercero en la Liga a una distancia insalvable del líder. La temporada amenazaba con acabarse en enero, con todos los frentes perdidos antes de que el invierno terminara. El técnico luso cargaba con el peso de ser el rostro visible de un proyecto fragmentado y, a su vez, la misión de salvar a un equipo al borde del abismo. 

Pero Mourinho no es de los que se arrugan cuando la tormenta amaga. Sin prestigio en juego —porque ya ha demostrado de sobra todo lo que es capaz de hacer en el fútbol europeo—, plantó en Da Luz a un equipo sin complejos que se aferró a cada vulnerabilidad del Real Madrid a vida o muerte. Contagió a sus soldados de atrevimiento y fe, dos ingredientes que parecían agotados en la despensa benfiquista. Lo creyeron, lo hicieron, y Mourinho renació. Si es que alguna vez llegó a estar muerto.

Gol de Trubin (4-2) en el Benfica 4-2 Real Madrid

La épica sazonó el guion, como suele ocurrir cuando José está de por medio. El Benfica comenzó perdiendo, tropezándose con su propia imprecisión y con las intervenciones de un Courtois que iba camino de otra noche memorable. El belga le negó el gol a Prestianni con una parada imposible, y Mourinho respondió con una sonrisa irónica desde la banda. Schjelderup y Pavlidis le dieron la vuelta al marcador antes del descanso. El noruego volvió a marcar tras el intermedio, dejando al Madrid tendido en la lona, aunque Mbappé intentara reanimarlo mediante otro martillazo. Aun así, el Benfica seguía dependiendo de otros resultados para meterse en el playoff. La aritmética europea es cruel, y los portugueses navegaban en la incertidumbre.

Entonces llegó el momento de The Special One, ese apodo que no es una mera etiqueta sino una declaración de principios. Con el partido en el minuto 98 y el Madrid reducido a nueve hombres, Mourinho mandó a Trubin, su portero, a rematar una falta lateral. El meta subió incrédulo, elevándose entre todos y cabeceando a gol. El luso le hizo creyente de su propio milagro y Da Luz estalló en júbilo. El ucraniano, que ya había sido verdugo del Madrid en aquella Champions post-COVID disputada en Valdebebas, volvía a meter el dedo en la llaga para redondear una noche histórica.

El técnico de Benfica José Mourinho celebra la victoria 4-2 ante el Real Madrid en la Liga de Campeones, el miércoles 28 de enero de 2026.LaPresse

Del éxtasis al perdón

La celebración fue volcánica. Mourinho corrió hacia el banquillo del Real Madrid con los brazos en alto, desatado, ajeno por un instante a que enfrente estaba Arbeloa, su antiguo pupilo, y otras caras conocidas. Después vinieron las disculpas, porque Mourinho sabe que hay líneas que no se cruzan incluso en medio del éxtasis: “Le he pedido disculpas por el modo en que he celebrado, pero Álvaro es hombre de fútbol y comprende que en ese momento uno se olvida, que es el Real Madrid y que Álvaro está en el banquillo”.

El técnico portugués llegaba al partido como un hombre al borde del precipicio, rodeado de dudas y exigencias imposibles. Salió de él convertido en lo que siempre ha sido: un superviviente nato. Su estimado Madrid se va a los playoffs con la sensación amarga de haber desperdiciado la oportunidad de ir directo a octavos. Su Benfica, clasificado en el puesto 24 por diferencia de goles. Un escenario casi inimaginable en los días anteriores. Y la Champions como recordatorio de aún le queda cuerda.

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