Cuatro equipos lideran nueva era en NBA sin depender de estrellas
Cuatro favoritos a ser campeones de la NBA presentan proyectos a largo plazo con una máxima que los define: ningún jugador es mejor que todos juntos.
La NBA llega al último mes de temporada regular y hay una tendencia que dejó de ser hipótesis para elevarse a conclusión: las estrellas ya no son tan importantes.
¿Cómo? Sí, así como se lee. Los super contratos siderales no van de la mano con lo que pasa dentro de la cancha. Al menos en parte. Es obsoleto pensar en un superhéroe capaz de proezas imposibles: hoy, gracias al nuevo convenio colectivo de trabajo, y a la flexibilidad financiera necesaria para pensar proyectos a largo plazo sin las urgencias del día a día, se necesita del esfuerzo colectivo. Es la despedida definitiva del todos para uno para ingresar al terreno del todos para todos. De una manera horizontal en lo deportivo y verticalista desde lo dirigencial: nunca antes gerente general, entrenador y jugadores estuvieron más hermanados que en 2026.
La explicación se puede dar a través de la casuística. La agencia libre que pasó, y el verano que volverá a tener un atractivo mayúsculo por la magnitud de figuras que estarán en juego, es más divertido para el fan que consume redes sociales que para los equipos. Saber si Giannis Antetokounmpo seguirá en Milwaukee Bucks, o se irá a Miami Heat o Los Angeles Lakers, por ejemplo, tiene que ver más con un disfrute potencial, con una búsqueda de un paraíso deportivo, que con la realidad circundante.
De un tiempo a esta parte, la NBA ya no funciona con los Big Three comprados en el mercado de la esquina. Se hacen con el tiempo y para eso se necesita la medicina perfecta para TikTok e Instagram: paciencia. No se puede construir un imperio en una temporada, como tampoco se puede explicar la revolución rusa en un minuto. Saber esperar es hoy el activo más importante que existe. Hay que comprender que los cracks se emparentan hoy con el curso de la naturaleza: plantar la semilla, germinar y disfrutar del fruto una vez que esté maduro. Ni antes ni después.
Sam Presti fue el primero en entender este proceso. El trío de Shai Gilgeous-Alexander, Jalen Williams y Chet Holmgren se construyó con una gran frustración detrás. Había que perder para después ganar. Picks de draft presentes y futuros, y lo que pocos dicen: horas de vuelo dentro de la cancha. Funciona muy bien en mercados chicos, poco demandantes, y no tanto en los grandes. Aunque ya nos meteremos en un caso de éxito (Boston Celtics) que logró con su fórmula contradecir esta lógica.
Mark Daigneault siguió la autopista que dirigió Presti y fue la mano ejecutora en el banco de suplentes. Pero la estrategia era global. Había que armar el puzzle de campeonato de a poco. Había que pensar, además, en una potencial dinastía. Nadie puede ser insustituible, ni en los libros, ni en la cancha. Hoy queda demostrado: sin Shai en gran cantidad de partidos, sin Williams en tantos otros, y sin Holmgren en varias noches, el Oklahoma City Thunder sigue primero en el Oeste.
¿Casualidad o causalidad? Ustedes dirán.
Vamos ahora a un ejemplo negativo. Los Lakers de Luka Doncic. Nunca un traspaso generó más revuelo e impacto que el de Doncic a Hollywood. El mundo, literalmente, se paralizó. Escribimos millones de palabras al respecto (estoy incluido en esa lista) y los Lakers, con LeBron James, Austin Reaves, Deandre Ayton y compañía, navegan en la total intrascendencia. Luka es joven, pero nadie está demasiado seguro de ese proyecto. ¿Y si llega Giannis? ¿Y si suman otra estrella? Ya no funciona así. Se necesita construir un alrededor sólido, un ecosistema perfecto que esté por encima de cualquier deidad deportiva.
Ningún jugador es mejor que todos juntos.
Hay tres ejemplos más que grafican la mirada a futuro. El primero, el de San Antonio Spurs. Tres picks de Draft que serán el futuro de la franquicia: Victor Wembanyama, Stephon Castle y Dylan Harper. En ese orden. Pero cuando faltó uno de ellos, o dos, el resto estuvo a la altura. No necesitaron de manera imperiosa ni siquiera a Wemby, unicornio del básquetbol. Allí estuvieron para hacer su trabajo De’Aaron Fox, Keldon Johnson, Luke Kornet, Devin Vassell, y quien toque. Es injusto nombrar algunos porque lo cierto es que ocurre lo siguiente: en la era de la polifuncionalidad individual, cada jugador tiene un rol definido en el equipo. Cada aporte singular es vital para que no se dañe el cuerpo humano en conjunto.
Otro caso es el de Detroit Pistons. Propietarios de la peor racha de la historia de la franquicia en 2023 con Cade Cunningham y Jalen Duren en el roster, giraron la historia 180 grados para ser candidatos en el Este. De nuevo: esperar y no desesperar fue el camino para armar algo genuino que se sostenga en el tiempo.
Y finalmente, mi caso favorito. El de Boston Celtics. Digo que es mi favorito, por lo que decidieron Brad Stevens y Joe Mazzulla cuando tuvieron que desprenderse de Kristaps Porzingis, Jrue Holiday, Al Horford y Kornet por el mercado, y de Jayson Tatum por su lesión de aquiles. No eligieron el camino del tanking de Utah Jazz o Sacramento Kings, aspirantes a seguir la línea del Thunder o los Spurs de manera artificial, caminando por la cornisa del reglamento; provocaron una reconstrucción silenciosa, intramuros, con el material que tenían a mano. No estaban dispuestos a perder porque la historia de los Celtics así lo indica. Porque no se puede algo así en la tierra de Red Auerbach, Bill Russell y Larry Bird, entre otros.
Configuraron entonces un equipo sin estrellas ni estrellados: porque Jaylen Brown cargó con la ofensiva, pero fue cosa de todos. Minutos distribuidos, roles definidos, esfuerzo conjunto. Aparecieron los Payton Pritchard, Derrick White, Hugo Gonzalez, Neemias Queta y otros tantos. Pasó Anfernee Simons y llegó Nikola Vucevic. Y de tanto ganar, no necesitaron prenderle velas a Tatum. Fue algo así como susurrarle al oído: “Tranquilo Deuce, nosotros te cubrimos la espalda”. Y en esa decisión, llegó el premio: ahora, con plantel completo, pueden ir por el Larry O’Brien.
La nueva NBA 3.0 exhibe, al mundo, que las figuras han cambiado: ni Shai, ni Wemby, ni Cunningham, por citar tres ejemplos candidatos al MVP, son de perfil alto. Son los mejores, pero no se creen los mejores. No lo gritan, no se vanaglorian, no son pedantes.
La ruta hacia el éxito no es sencilla. El camino no es solo el rojo o blanco de las rosas: hay espinas. Para lograr la meta en 2026, entonces, no se requieren golpes de impacto. Se necesita trabajo duro e integridad: hacer las cosas en silencio cuando nadie mira para que luego, las acciones, hagan todo el ruido.
Sin saberlo, hemos dicho adiós a la era de la dependencia; bienvenidos, entonces, a un nuevo capítulo, el de la suma de voluntades. Ni usted, ni usted, ni tampoco usted: seremos, a partir de este momento, nosotros.
Contra todo.
Y contra todos.