En Italia nadie juega el mismo deporte que el Bayern
La noche de ayer dejó dos mensajes muy claros. El primero: ahora mismo, el Bayern es probablemente el principal candidato a levantar la Champions. Ningún otro equipo ha alcanzado los picos de juego, intensidad y calidad que están mostrando los bávaros. Ya se sabe que la Champions es el torneo de los imprevistos y de los detalles, y todo puede cambiar en un instante -basta recordar que el PSG estuvo a punto de caer en la primera fase la temporada pasada- pero hasta ahora el Bayern es el aspirante más serio al título.
El segundo mensaje, preocupante para el fútbol italiano: en los cuartos de final no habrá ningún equipo de la Serie A. Es la confirmación de una crisis que, entre clubes y selección, afecta ya a todo el movimiento del calcio. Hay otro dato elocuente: por primera vez en la historia pasarán más de 16 años desde la última Champions ganada por un equipo italiano (la del Inter en 2010).
El Atalanta no está viviendo una temporada sencilla -conviene recordarlo- y cuando llegó Palladino el equipo era decimotercero. Aun así, la lección que le dio el Bayern explica muchas de las diferencias entre los grandes clubes europeos y los italianos.
Palladino intentó plantearlo con valentía, muy a lo Gasperini: marcajes individuales por todo el campo, sin excepciones. No el 3-4-2-1 que se esperaba, sino un cambio de sistema inesperado: defensa de cuatro y doble delantero con Krstovic y Scamacca. Una apuesta valiente, aunque -como confirmó Kompany después del partido- si hay un equipo que disfruta enfrentándose a las marcas al hombre es precisamente su Bayern.
Lo que más sorprende en la actuación de los alemanes es el movimiento constante: desmarques continuos, carreras sin descanso de todos los jugadores buscando nuevos espacios y dejando fuera de sitio a los hombres del Atalanta. El mejor ejemplo es Serge Gnabry: parte como mediapunta, pero en realidad baja casi hasta el límite de su propia área para arrastrar a Kolasinac y, a partir de ahí, atacar la profundidad con arrancadas de máxima intensidad. A mitad de la primera parte, el defensor ya está fundido y trata de seguirlo con la cabeza gacha.
En la Serie A abundan los duelos hombre contra hombre, pero a menudo falta la calidad para romper esas marcas con un regate. Una calidad que desde luego no les falta a dos cracks como Luis Díaz -13 goles y 23 asistencias esta temporada- o Michael Olise -15 goles y 23 asistencias-. En el 5-0 del extremo francés, tras otra de esas jugadas marca de la casa recortando hacia dentro con la zurda y colocando el balón en la escuadra, todo el estadio se levanta a aplaudir: son extraterrestres.
El partido de Olise, en particular, es una obra maestra. Cada toque es una jugada de autor. No falla un apoyo ni un pase filtrado y es una amenaza constante para Bernasconi: firma dos goles, da una asistencia y reparte ocho pases clave. Quitando a Lamine Yamal, quizá ahora mismo sea el extremo más decisivo y más espectacular de ver en el mundo.
Y eso que el Bayern jugó sin Neuer, sin Musiala -que entró en la segunda parte y luego tuvo que salir por lesión- y sin Harry Kane. El potencial de este equipo parece incalculable. En la Bundesliga suma 92 goles en 28 jornadas: le bastan 9 tantos en las 8 restantes para establecer un nuevo récord. En todas las competiciones, el balance es todavía más brutal: 134 goles en 39 partidos. Cifras descomunales.
En la Atalanta, en cambio, como reconoció Palladino, el mejor del partido fue el estadio de Bérgamo, que no dejó de cantar ni siquiera con el 6-0 en el marcador. Al final hubo una ovación para su equipo, que terminó con un aplauso también para los jugadores del Bayern, quienes devolvieron el gesto agradeciendo el apoyo de la grada.
Hace diez años este club luchaba por no descender. Vivir hoy estas “noches mágicas” -como decía el mosaico de la grada- ya es un sueño. Pero la sensación desde el estadio fue muy clara: el Bayern practicó un deporte que en Italia no juega nadie.